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La Educación del Niño Sordo
La
fundamentación filosófica e ideológica sobre la Educación del niño sordo, a sido relegada, la
atención se ha centrado en la enseñanza impartida, que prioriza la selección
de contenidos, las técnicas implementadas, objetivos a lograr. Así se han
abierto extensos debates, dentro de paradigmas polarizantes, como Lengua de Señas
- Oralismo, Escuela Común - Escuela Especial, Maestros Sordos- Maestros
Oyentes, Integración total- Integración gradual.
Las
diferentes propuestas siempre generan la expectativa de superar los sucesivos
fracasos acumulados hasta ahora. Por que conscientes de ello, reconocen el
fracaso del alumno sordo en el aprendizaje escolar. Aunque ubican el fracaso
siempre, en el mismo lugar, en el niño sordo.
De
esta forma, actualmente la propuesta de integración del alumno sordo a la
escuela común, agrega un capítulo más, que
con esperanza de éxito pretende seguir postergando el debate sobre la
educación en sí. Las autoridades y los agentes educativos inmersos
culturalmente, y como con cierta inercia, siguen
aceptan como “natural” lo histórico y
artificialmente construido. Sobre ello nuevamente se insisten en marcar
hacia donde ir, se suma una propuesta, siempre sin cuestionar desde donde se
partió.
El
presente trabajo toma como eje central La
Educación del Niño Sordo, tiene por objetivo cuestionar lo establecido, y
dar fundamentos que permita recuperar lo perdido: el niño como sujeto. Se interroga lo dicho hasta ahora con una visión
desnaturalizante, cuestionando lo instaurado históricamente y lo construido por
el discurso Psicológico y Pedagógico. Serán temas de estudio: El concepto de
Alumno Sordo. La Escuela Común: Exclusión el retorno, Integración e Inclusión.
Se
toma como hipótesis que en lo diverso del hacer y decir sobre la enseñanza del
alumno sordo, subyace una concepción antropológica que obtura toda posibilidad
de algo diferente. Y por último, a modo de conclusión, la posibilidad de una
apertura al debate de La Educación del Niño
Sordo.
La
Institucionalización Alumno Sordo:
Actualmente la referencia a alumno
sordo convoca ideas como infancia en edad escolar, en una institución
educativa especial debido al déficit auditivo,
junto con la presencia necesaria de un docente, que conduce y guía el
proceso de desarrollo hacia la etapa adulta. Este proceso, de escolarización,
es idealmente considerado el único y esencial medio, para el logro del dominio,
en sí, de por lo menos una lengua y para la adquisición de conocimientos
necesarios para integrar, en forma productiva, la sociedad.
Pero
esto no fue siempre así, en el periodo anterior a S. XIV, los niños convivían
con los adultos compartiendo de igual forma el trabajo, la educación y el
juego. No se diferenciaban, ni en etapas por edades, ni en modos ni en
costumbres. Los sordos, eran sordomudos, se comunicaban entre sí por una lengua
de señas, realizaban trabajos manuales, pero no participaban de la educación
que recibía por igual el resto de la comunidad.
Es
propio del S. XVII el cambio en la actitud de las mujeres, el dar protección y
cuidado a los niños, que se complementa con la visión de este como indefenso.
Se ubica en la modernidad el nacimiento del “sentimiento de amor materno” y
de la “infancia”. Puede verse a lo largo de la historia la conformación de
la idea de infancia, con características que se van pautando como propias :
como el desarrollo paulatino, la heteronomía y la necesidad de protección.
Esto permite afirmar que la infancia es una construcción social. Esta infantilización del niño se fortalece con el criterio
de escolarizarlo, esto coloca al niño
en el lugar de débil, indefenso e incapaz.
En
este periodo toma primacía la creencia de que lo específicamente humano es la
palabra hablada. En general en el proceso de infantilización por parte de la
sociedad la escuela toma un papel preponderante. Tanto que infancia y escuela se
desarrollan paralelamente. Nace la Pedagogía cuyo objeto de estudio es la
infancia a “normalizar”, disciplinar, instruir, y desarrollar. El discurso
de la Pedagogía construye un objeto de estudio, la infancia en situación
escolar: el alumno. Por lo
anteriormente dicho tanto el alumno como la escuela son una construcción
artificial de la cultura.
En
este marco la escolarización del niño sordo se centra en la adquisición de la
Lengua. Por una parte están quienes les reconocen una lengua como propia, que
les permitía adquirir conocimientos, aunque no hablasen.
Opuestos a estos, y con fuertes argumentos religiosos y científicos
luego, la escolarización se centro en la “corrección”, en la rehabilitación,
en posibilitar la articulación de la palabra, como
única garantía del desarrollo intelectual, y marcan como ideal que el
infante sordo llegue a hablar, lo mas parecido posible a un adulto oyente, y que
de esta forma se integre ala sociedad de los oyentes.
En
palabras de Foucault nace la “Pedagogía Ortopédica”, que en este caso,
construye su propio objeto de estudio: el alumno sordo. El alumno sordo comienza a genera a su vez una disciplina con un campo
de conocimientos agregados o yuxtapuestos, con la finalidad de justificar su
practica. La Pedagogía Diferencial se construye, sobre conocimientos
transportados de la Medicina, de la Psicología, sobre todo de la Psicometría y
de la Psicopatología, a la vez que genera un accionar especifico, en manos del
maestro especial.
¿Qué
es el alumno sordo? El alumno sordo es una construcción, teórica y práctica,
con origen en la Mordenidad. En el Alumno Sordo se reconocen las características
de la infancia en el ámbito escolar, mas la consideración de la deficiencia
auditiva como una falta, falta patológica, lo que coloca al niño sordo en una
“doble infantilización” y en una duplicación del tiempo dedicado a la
escolarización.
El
Alumno Sordo ocupa el
lugar de el no saber (la escuela no reconoce el aprendizaje espontáneo
del niño, ni a la familia como agente de ese aprendizaje) ocupa el lugar de
la dependencia, de protección, de
responsabilidad delegada, de
dosificación del saber y la acción, y gradualidad
en lo aprendido, en coordenadas temporales y espaciales ajenas a la cultura
misma.
El
objetivo de desarrollar el empleo y la comprensión de la lengua oral implica un
esfuerzo adicional, generalmente basado en la repetición. Por lo cual las
actividades físicas y recreativas son escasas. Por lo anteriormente dicho el niño
sordo en situación escolar, se erige como alumno sordo y
se pierde como niño.
A
partir del momento en que se declara la obligatoriedad escolar, se infiere erróneamente,
que todos los alumnos tienen las mismas oportunidades y que ingresan en iguales
condiciones. Con esta tendencia homogeneizante nace la escolarización. La
Escuela Común, que no reconoce su falso supuesto, comienza a excluir de su
propio ámbito a una gran cantidad de niños bajo los rótulos de retardo mental
leve, aprendizaje lento, dislexia.
En
el caso particular del niño sordo su escolarización se inicio en Escuelas
dedicadas a su educación, no fue excluido del ámbito escolar, por que nunca
estuvo integrado en él. Pero su escolaridad queda marcada como perteneciendo a
un ámbito marginal, caracterización que es propia de la Escuela Especial dado
su origen.
La
Escuela Común se construye sobre el supuesto de que la población escolar, es
un universo, cuantitativo, donde lo propio de la mayoría es elevado a condición
universal, por el solo hecho de ser general. En el seno mismo de la tendencia
homogeneizante de la escuela, se origina la norma, como eje y centro a partir de
lo cual todo, se cataloga y clasifica, se ordena y organiza: lo normal y lo
anormal. Del lado de lo normal lo deseable, lo positivo, del lado de lo anormal
lo detestable, lo rechazable. De esta forma la norma es lo que se observa con
mayor frecuencia, y los que presentan características que los hacen diferentes
a la mayoría son clasificados y
etiquetados como anormales.
“La
normalización es uno de los procesos
más sutiles a través de los cuales el poder se manifiesta en el campo
de la identidad y de la diferencia. Normalizar significa elegir arbitrariamente
una identidad especifica como parámetro en
relación a la cual otras
entidades son evaluadas y jerarquizadas. Normalizar significa atribuir una
identidad especifica como parámetro en relación
a la cual otras identidades son evaluadas y jerarquizadas. Normalizar significa
atribuir a esa identidad todas las características positivas, en relación a
las cuales las otras identidades solo pueden ser evaluadas de forma negativa. La
identidad normal es natural, deseable y única.” [1]
En
ese marco de anormalidad se inscribe a la población que debe dejar la Escuela
Común e ingresar a la Especial. “El fracaso de la Escuela Común ha sido la base sobre la que se ha constituido la
educación especial”(Siegal,1969) El niño sordo no sale de la escuela por no
encuadrar dentro de la normalmente establecido, sino que inicialmente su educación
se impartía en un ámbito donde exclusivamente se hablaba en
lengua de señas, esta lengua que le
permite adquirir conocimientos y participar de la cultura.
La
fuerte tendencia normalizadora, que protagonizan los oyentes y que sustenta a si
mismo, al oyente, como la única identidad posible, deseable, y natural,
categoriza y ubica al niño sordo dentro del ámbito de la Educación Especial.
Esta caracterización deja como saldo inevitable la perdida del niño sordo,
subjetivamente vaciado, y solo reconocido como alumno, en post de un ideal
que le es ajeno y en el que no puede reconocerse” Se sigue ignorando
que un niño sordo, por definición y por naturaleza, necesita otra lengua, la
lengua de señas, para jugar, para preguntar, para estudiar y, finalmente para
asumir roles sociales que el déficit auditivo, ciertamente no impide asumir.”[2]
Como
se señaló anteriormente el alumno
sordo, es por una parte una construcción, histórica y cultural, sustentada
sobre otras construcciones anteriores: la de la
infancia y la de escuela. Y
por otra parte, el alumno sordo, es
el resultado del proceso de normalización que instituye al oyente como única
identidad natural, posible y deseable.
En la
historia de la educación tanto la instancia expulsadora de los alumnos
“deficientes” protagonizada por la Escuela Común, como las políticas de
integración de “alumnos con necesidades educativas especiales” llevadas a
cabo en las últimas décadas, si bien son movimientos inversos, se sustentan en
una concepción antropológica de
una identidad homogénea: de OYENTE, VIDENTE, RACIONAL Y CORPORALMENTE COMPLETO.
En el ámbito educativo los sucesivos intentos de integración, en cualquiera de
sus modalidades, no superan la marca original acuñada por la Normativización,
y bajo cualquier significante se encubre la polaridad normal-anormal que se
encuentra en el origen mismo de la Educación Común y de la Educación
Especial.
La
modalidad de Escuela Inclusiva propone un cambio, respecto del modelo médico
que ubica a la patología como eje de la propuesta escolar. La Escuela Inclusiva
centrada en el modelo pedagógico, considera la definición de las necesidades
educativas especiales para que cada
alumno pueda apropiarse de los conocimientos, además reconoce que en el
aprendizaje la heterogeneidad no es un obstáculo, sino que el “conflicto
cognitivo” es fuente de motivación. Si bien pueden observarse modificaciones
en los criterios pedagógicos, estos se hacen sobre las bases del tradicional
paradigma de la Normativización, por lo cual la Escuela Inclusiva se inscribe
como un algo más en la historia de la enseñanza.
Una nueva perspectiva en la
Educación del Niño Sordo requiere como condición previa reflexionar
sobre la condición de lo humano.
El
rasgo que es propio de la especie humana, es su carácter simbólico. Es su
condición universal simbólica, cuya expresión es el lenguaje, lo que humaniza
al hombre. A diferencia de lo general que pudiendo ser una característica de
todos los miembros de una especie, no hace a la condición de la misma.”…el
hecho de que los hombres, salvo excepción, tengan dos brazos, dos piernas y un
par de ojos…todo esto es genérico pero absolutamente no universal.”[3]
La expresión de lo humano es en lo diverso, y lo diferente se encuentra dentro
de lo diverso. Sobre esta base el desafío de la escuela es ser una escuela para
la diversidad, y dentro de la diversidad para las diferencias interindividuales.
Reconocer
lo diverso como expresión de lo humano, es el supuesto inicial y necesario para aceptar al niño sordo en su modalidad de
comunicación. Es necesario reconocer al niño sordo, como tal, para comprender
y aceptar que a causa del déficit auditivo no puede adquirir naturalmente la
lengua oral, y que esta no es la herramienta constitutiva esencial de su
personalidad.
Hablar
de Educación del Niño Sordo es reconocer que la comunidad sorda “…con una
forma particular de inteligencia y de compensación funcional de un déficit,
han creado, desarrollado y transmitido de generación en generación una lengua,
la lengua de señas….”[4]
Hablar de Educación del Niño Sordo es reconocer a la familia y a la comunidad
como educadores y descentralizarla de
la actividad exclusivamente escolar.
Baquero, Ricardo. ¿Existe la Infancia? Escuela y construcción
de la Infancia.
Lacan,
Jacques. “El yo en la teoría de Freud y en la Técnica
Psicoanalítica” 11/1954 y 03/55
Lus,
María Angélica. “De la integración escolar a la escuela
integradora”
Skliar, Carlos.
“La Educación del niño sordo”
“¿Y
si el otro
no estuviera ahí? Editores. Niño y Dávila, Julio 2002.
“Actualidad
de la Educación bilingüe para sordos”
Gil,
Norma. "Integración escolar y Formación de educadores”
Ortiz, Susana. “Una Escuela Abierta a la Diversidad”